¿Por qué a mi, por que ésto, por qué ahora?, de Robin Norwood - Capítulo 3 (parte 3)

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¿Por qué a mi, por que ésto, por qué ahora?, de Robin Norwood - Capítulo 3 (parte 3)

Mensaje  Estrella el Vie Ago 28, 2009 11:09 pm

FALSOS DIOSES Y CICLOS DE CURACIÓN
La exhortación bíblica “No adorarás a otros dioses más que a mí”, se refiere a nuestra relación con nuestra propia alma. Todo lo que se interpone en la marcha de esa relación, todo lo que adoremos en su lugar, es un falso dios, una imagen que generalmente arrastramos de vida en vida y que nos ha apartado de nuestra naturaleza más elevada; por lo tanto, tarde o temprano debe ser destruida.
Paul tenía un viñedo, una magnífica parcela de tierra soleada y protegida, que estaba frente a una apacible ensenada y se elevaba sobre las suaves colinas erguidas frente al mar. Había allí una elegante casa de campo, en la que él había pasado los días más felices de su niñez. Solo allí con su madre y el personal doméstico. Paul se alegraba de que su padre permaneciera en la ciudad y sólo fuera a la casa algunos fines de semana, durante esos largos y dulces veranos.
No había playa como esa bienamada playa, no había tierra como la que alimentaba sus vides ni panorama como el que se veía desde las colinas; no había en el mundo entero una casa tan agradable, luminosa y aireada, tan llena de dulces recuerdos como aquella, que mucho tiempo antes había convertido en su domicilio permanente.
Y ahora iba a perderlo todo. Por naturaleza, se parecía mucho más a su made, soñadora y tierna, que al exigente y despótico padre; tampoco tenía cabeza para los negocios. Era más impulsivo que astuto; tras la muerte de su padre, la considerable fortuna que había heredado disminuyó hasta desaparecer. Hipotecó el viñedo para compensar las pérdidas, pero luego descubrió que debía hipotecarlo aun más, arriesgando lo único que no soportaba perder. Desde hacía un año la hipoteca estaba vencida; sólo gracias al dinero prestado vivía aún en el sitio que más amaba en el mundo.
De sus tres matrimonios sólo tenía un hijo: Phillip, quien toda su vida había oído decir que algún día el viñedo sería suyo. Paul no parecía darse cuenta de que Phillip no compartía su interés por la casa ni por la tierra; las grandes ciudades, atestadas de gente que hablaba y se movía de prisa, lo atraían mucho más que ese desierto sector de playa o los surcos de disciplinadas vides, cargadas de uvas magenta. Era un hábil comerciante, como su abuelo, y había amasado una considerable fortuna propia. Paul quedó atónito al enterarse de que su hijo no estaba dispuesto a rescatar la propiedad.
Aunque no podía aceptar este hecho no era el amor por su hijo lo que provocaba sus ansias de legarle el viñedo. Por el contrario, su amor por el viñedo redoblaba la importancia de contar con un heredero en Phillip. Y ahora Paul soportaba, desde hacía años, la amenaza de perder su bienamada tierra, debido a la indiferencia de su hijo por la propiedad y, al parecer, también por su padre. Por falta de dinero para el mantenimiento, la casa iba perdiendo su encanto y el viñedo se había convertido en una triste maraña de hierbas. Una semana antes de desocupar el lugar para cederlo a sus nuevos propietarios, Paul sufrió un ataque cardíaco casi fatal.
Cuando Phillip fue al hospital para verlo, Paul expresó poco interés por vivir, puesto que había perdido cuanto le importaba. Culpó amargamente de esa pérdida al egoísta de su hijo, a lo cual Phillip respondió fríamente: “Amabas demasiado esas tierras, papá; más que a nada o a nadie”.
Paul sobrevivió a una indispensable operación quirúrgica, se recuperó lentamente y, con el correr del tiempo, se casó por cuarta vez. Rally era una mujer enérgica y alegre; a diferencia de las esposas anteriores, no tenía que competir con el viñedo por el amor y la atención de su marido. Se adecuó sin dificultad al carácter poco práctico de Paul; lo ayudó a ordenar los bienes restantes, lo instó a ser más emprendedor en sus asuntos financieros y le aconsejó suavemente que se reconciliara con Phillip.
Paul tardó muchos años en superar la amargura contra su hijo. Por fin, ya cerca de los ochenta años, se reunió con él para reconocer la verdad de aquella acusación.
- Tenías razón –admitió-. Yo amaba demasiado aquella tierra. Sabe dios que era hermosa, pero yo siempre la antepuse a todo. Habría sacrificado cualquier cosa, a cualquiera, con tal de retenerla. En realidad, creo que eso fue exactamente lo que hice… y lo siento.
No es sorprendente que los dos hijos de Phillip, ya adultos, desconcierten al padre con una total indiferencia por el mundo de los negocios y las finanzas. Ambos están dedicados a una empresa de cultivos orgánicos que, con sus escasos ingresos, apenas les permiten subsistir. Phillip les da verdaderas conferencias sobre las utilidades que obtendrían con tantas horas de trabajo en otros tipos de actividades, pero ellos no le prestan atención. Por algún motivo, sus visitas a la granja resultan más fáciles cuando va acompañado por Paul y Sally…
En la ascendencia masculina de Paul, el apego al dinero alternaba con el apego a los bienes en la preeminencia por sobre las relaciones humanas. Es interesante notar los cambios incrementales de esta actitud, en el sucederse de las generaciones, así como la manera en que cada generación se contraponía a la precedente y a la que le seguiría. Obviamente, la historia de Paul es un ejemplo del fuerte factor que representa nuestro campo de experiencia en cuanto a proporcionarnos la oportunidad de enfrentarnos a nuestras lecciones.
Muchas veces esas lecciones provienen del trabajo que efectúa nuestro cuerpo emocional para atraer hacia nosotros, de entre un vasto mar de desconocidos, a las personas y las situaciones más adecuadas para ayudarnos a avanzar a través de nuestras distorsiones.

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