¿Por qué a mi, por que ésto, por qué ahora?, de Robin Norwood - Capítulo 2

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¿Por qué a mi, por que ésto, por qué ahora?, de Robin Norwood - Capítulo 2

Mensaje  Estrella el Vie Ago 28, 2009 10:39 pm

¿Qué trata de decirme mi cuerpo?

Gary era otro de los pacientes de la quiropráctica: un ávido físico culturista, cuya amistosa sonrisa de cachorro desmentía la agresión insinuada en tanto músculos abultados. Había venido al consultorio por un misterioso dolor recurrente en una de las rodillas, que le impedía practicar el levantamiento de pesas y los otros deportes de que disfrutaba. Aunque llevaba más de una semana dejando descansar esa rodilla, informó con impaciencia que el dolor no cedía.

- Quiero que me la curen- estableció inexorablemente, al tenderse en la camilla. Mientras conversábamos, me dediqué a aliviar algunos espasmos musculares que tenía en los hombros y en el cuello, antes de que la doctora entrara para examinarlo. Había aprendido a preguntar siempre a los pacientes qué hubieran estado haciendo a no ser por el dolor, pues con mucha frecuencia en esas respuestas estaban las claves del colapso o la rebeldía del cuerpo.

Para Gary, la jornada típica incluía varias clases de administración hotelera en la universidad local, dos horas de ejercitación en el gimnasio y, por la noche, un largo turno como barman en un popular restaurante de la playa. Durante el fin de semana, después de ponerse al día con sus lecciones, efectuaba trabajos de mantenimiento en el edificio donde vivía, como pago parcial de su alquiler, luego se iba a patinar o hacía ejercicio en el gimnasio antes de ir al trabajo. Al margen de toda esta actividad, mantenía relaciones estables con una muchacha.

Yo quería saber algo más sobre esa increíble ronda de actividad constante, pero mi primera pregunta fue:

- ¿Te gusta tu trabajo?

Tras años de experiencia en el terreno de las adicciones, no dejaba de preguntarme qué papel desempeñaba el alcohol en la vida de una persona.

- ¿Atender el bar? Oh, no está mal. Como algún día quiero tener un restaurante propio, es una buena experiencia – respondió-. Lo malo es ver tanta gente que bebe y fuma en exceso. Aunque se dañan el cuerpo, siguen andando. Yo cuido bien del mío y ¡mire lo que me pasa!

- No sé, Gary – respondí-. Con el ritmo de trabajo que llevas, es como si usaras el auto para recorrer todos los días mil kilómetros.

- Es que me gusta mantenerme ocupado. –se había puesto un poco a la defensiva.- Y no bebo ni fumo, como casi todo el mundo. Me esfuerzo mucho para conservar mi salud. –Hizo un gesto furioso señalando su rodilla. –No debería ocurrirme algo así.

- El resto de tu familia, ¿se cuida tanto como tú? – pregunté.

- Yo no diría eso, exactamente. –La voz de Gary sonaba densa de ironía. –Mi papá bebía tanto que el alcohol acabó por matarlo. Y mi hermano está haciendo lo posible por seguirle los pasos.

- ¿Y tu madre?

- Oh, mi mamá es estupenda. Ahora está en Colorado, estudiando quiropraxia. –Sonrió de oreja a oreja. –fue ella quien me recomendó venir aquí.

Parecía sentir la necesidad de explicarse mejor.

- Verá usted: mamá vivió muchos años en un infierno. Mi papá, al morir, dejó un poco de dinero y ella lo usó para irse. Me parece muy bien. A veces me gustaría hacer lo mismo, pero me siento obligado a vigilar un poco a mi hermano. Somos gemelos. No idénticos, pero aun así… - Hubo un momento de silencio, mientras su sentido de la responsabilidad luchaba con sus ansias de libertad.

Después de un rato dije:

- Tu madre soportó muchas cosas, pero ¿qué me dices de ti? Eso te afectaba a ti también, ¿sabes?

- No pienso en eso – respondió secamente-. Me mantengo ocupado y no pienso en eso.

- ¿Y si tu cuerpo te estuviera pidiendo que pienses, Gary? ¿Y si tu rodilla no quiere que acumules más fuerza por afuera mientras ignoras lo que ocurre adentro?

Hubo un silencio incómodo y sentí cómo los músculos de su cuello se tensaban un poco más bajo mis manos. De pronto cedió su resistencia y todo su cuerpo se ablandó. Estuvo a punto de suspirar.

- Lo mismo dice mi novia. Y mi mamá. Es extraño. En la universidad veo siempre unos letreros que anuncian una serie de conferencias sobe hijos adultos de alcohólicos, con una lista de características que uno desarrolla al criarse junto a alguien que bebe. Muchas se ajustan a mí, como el exagerado sentido de la responsabilidad y ocuparse primero de los demás, o lo de sentirse culpable por arreglárselas solo, o no saber lo que se siente ni cómo expresarlo. Me habría gustado ir a una reunión, pero creo que tenía demasiado miedo. –Soltó una risita. –Usted cree que mi rodilla hizo esto a propósito, ¿eh? Porque esas conferencias se dan justamente a la hora en que voy al gimnasio…

CÓMO SIRVE EL CUERPO A LA CONCIENCIA

¿Es posible que la rodilla de Gary conspirara con su Yo superior para ponerlo en contacto con esos planos más sutiles de su interior que necesitaban atención? Una y otra vez, trabajando con los pacientes de la quiropráctica, vi operar el principio de la sincronicidad. Carl Jung presentó este concepto para explicar las causas ocultas tras la coincidencia, el motivo de sucesos que, por lo general, atribuimos al azar, pero que parecen predestinados por su importancia. Con frecuencia experimentamos esos sucesos como hallazgos fortuitos: un acontecimiento casual que nos pone en contacto con oscuras fuentes de una información que necesitábamos mucho, por ejemplo, o el encontrar a un viejo amigo después de años de separación.

Uno de estos notables episodios se produjo en cierta ocasión, mientras yo intentaba comunicarme con una amiga. Una joven atendió la llamada; cuando pregunté por Margaret vaciló.

- ¿Se refiere usted a Peggy?

Pensando que tal vez ella conocía a Margaret por ese apócope, aclaré:

- Bueno, habla Robin Norwood. Quiero hablar con Margaret.

Entonces la voz exclamó:

- ¡Robin! ¡Habla Susan!

Entonces reconocí su voz: me había comunicado con mi mejor amiga de toda la escuela primaria, tras habernos perdido de vista por mucho tiempo. Estaba de visita en casa de Peggy, su hermana.
Todo esto resultaba tanto más asombroso porque, la noche anterior, yo había tenido un vívido sueño en el que veía a Susan que partía hacia Hawai. Cuando se lo dije, se echó a reír.

- ¡Es cierto! ¡Viajo la semana que viene!

Comenté que en mi sueño ella iba en avión hasta las islas, pero regresaba en barco, y ella respondió que eso era lo que tenía planeado. Eran demasiadas coincidencias para cualquier explicación que no fuera la del principio de la sincronicidad.

Si la sincronicidad explica los sucesos demasiado significativos para ser coincidencia, bien se la puede aplicar para comprender que la rodilla de Gary o el tobillo de Joanna fallaran cuando lo hicieron. Ambas lesiones proporcionaban una oportunidad casi mágica para que se produjera el cambio y la curación interior.

Esotéricamente se enseña que toda enfermedad, toda herida, toda experiencia de sufrimiento sirve, en último término, para limpiar y purificar. Aunque no siempre entendamos con exactitud cómo se produce esto, si recordamos siempre esta enseñanza podremos comenzar a discernir algunos de los valiosos servicios que nos prestan nuestras dificultades.

Por ejemplo: una enfermedad o una lesión pueden proporcionar una puerta a la transformación, como ocurrió con Joanna y su familia debido a su esguince de tobillo. Esa lesión anuló su papel habitual en la relación de sus padres; junto con la presión aportada por la enfermedad mortal de la madre, creó una oportunidad para que esa relación curara. El dolor de rodilla brindó a Gary tiempo y oportunidad para explorar un doloroso aspecto de su vida, como primer paso para comenzar a curarla. Darren, el enfermo de SIDA, cambió sus valores y su estilo de vida como resultado de ese diagnóstico. También su abuela cambió y pasó a un estado de amor y compasión.

En segundo término, el alma puede elegir una enfermedad o una lesión, no sólo para curar algunos aspectos de la conciencia individual, sino para curar también un aspecto de la conciencia grupal más amplia. Cuando ocurre esto, lo que opera es lo que se conoce esotéricamente como ley del sacrificio. La enfermedad de Darren es, por cierto, una demostración de cómo opera esta ley. Creo que toda víctima del SIDA se puede ver desde esta perspectiva, como parte de un gran grupo de almas dedicadas, en esta encarnación, a expresar la ley del sacrificio, sufriendo a fin de que avance la conciencia de la humanidad.

Un tercer modo por el que podemos beneficiarnos con una enfermedad, una lesión o un malestar físico se presenta cuando, faltos de sinceridad con nosotros mismos, tratamos de ignorar una circunstancia penosa en nuestra existencia. Los problemas del cuerpo pueden actuar como indicadores de nuestras evasiones psicológicas. Toda situación difícil es una prueba; a medida que evolucionamos, lo mismo ocurre con nuestras pruebas: de situaciones que desafían nuestro valor físico pasamos a aquellas que someten a examen el valor moral, la integridad personal y la sinceridad con uno mismo. Ninguna de estas pruebas es fácil. Como preferiríamos ignorarlas o evitarlas, el malestar físico cumple dos propósitos: nos advierte que hay un problema sin resolver y hace que, si intentamos desoír la advertencia, las consecuencias sean lo bastante dolorosas como para contemporizar. Mediante los mismo síntomas que manifiesta, el cuerpo puede señalar lo que estamos tratando de negar.

EL CUERPO Y LA PERSONALIDAD EN CONFLICTO

El cuerpo es un objeto maravilloso: nuestra parte animal, con cerebro, instintos y emociones animales propios. Como cualquier otro animal, el cuerpo humano no sabe mentir. Este simple hecho nos causa, a los seres humanos, problemas sin fin. En realidad, los problemas no se deben tanto a que el cuerpo no sepa mentir como a que la personalidad ha desarrollado muy bien su capacidad de hacerlo. Cohibidos y dados a autoevaluarnos, tratamos de convencernos de que somos tal como creemos que deberíamos ser. Mientras tanto, el cuerpo físico insiste en reaccionar sin ningún tipo de censura, puro instinto y emoción, y nos abochorna a fondo en el proceso. Se ruboriza, palidece, dilata las pupilas, castañetean los dientes, tensa las mandíbulas o humedece las palmas de sudor. Nos humilla con una erección inoportuna o nos defrauda con temblores o desmayos, y expone implacablemente ante el mundo entero nuestra excitación sexual, la incomodidad, el enojo o cualquier otra reacción que nuestra parte pensante y humana trata de disimular.

¿Qué ocurre cuando el cuerpo físico experimenta y expresa un estado del ser mientras el yo humano, por su deseo de lograr la aprobación propia y ajena, se inclina por expresar otro?

El cuerpo físico existe en la dimensión física y se nutre con materia (aire, agua, alimentos) del plano físico. Los cuerpos astral y mental existen en el plano astral o mental y se alimentan, a través de los chakras, de materia astral o mental de sus respectivos planos.

Cuando cada uno de estos cuerpos, físicos y sutiles, está límpido y libre de distorsiones, la vibración de todo el campo energético humano o aura será también límpido y uniforme. Los problemas físicos crean distorsiones en el aura; lo mismo hacen los problemas en los cuerpos sutiles. Cuando hay una distorsión presente en los cuerpos sutiles, se puede bloquear el flujo de energía a estos cuerpos a través de los chakras. Quienes pueden observar, mediante una clarividencia muy desarrollada, el funcionamiento del cuerpo en estos niveles energéticos sutiles, aseguran que la causa de toda enfermedad está en una distorsión o disonancia prolongada. Un episodio de disonancia breve, si es serio, puede contribuir a la aparición de enfermedades pasajeras tales como indigestiones, dolores de cabeza, resfríos y gripe. Las distorsiones más prolongadas y habituales del campo pueden predisponer el cuerpo a enfermedades mucho más graves, como el cáncer.

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